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	<title>campes archivos - ANeIA | Universidad de los Andes - AGRONEGOCIOS E INDUSTRIA DE ALIMENTOS</title>
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	<description>AGRONEGOCIOS E INDUSTRIA DE ALIMENTOS</description>
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	<title>campes archivos - ANeIA | Universidad de los Andes - AGRONEGOCIOS E INDUSTRIA DE ALIMENTOS</title>
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		<title>«Los campesinos no somos extraterrestres»</title>
		<link>https://aneia.uniandes.edu.co/santiago-gomez-lema/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Editor Pixelpro]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 09 Feb 2014 10:34:56 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Agricultura]]></category>
		<category><![CDATA[campes]]></category>
		<category><![CDATA[campesino]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Digamos, para efectos de lo que se va contar, que el campo, por estos dÃ­as, no es ningÃºn paraÃ­so. Muchos menos un lugar soÃ±ado. Pero en ese entorno, del que Max Jacob decÃ­a que era un â€œlugar horrible por donde se paseaban crudos los pollosâ€, habitan todavÃ­a seres inusuales.</p>
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]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Hombres como Jairo LÃ³pez, que por una carga de maÃ­z, que no deja mÃ¡s de 10.000 pesos de ganancia, son capaces de encarar la muerte.</p>
<p style="text-align: justify;"><span id="more-198"></span></p>
<p style="text-align: justify;">Jairo es un pequeÃ±o campesino de Chipaque, Cundinamarca, que trabaja los fines de semana en la plaza 20 de Julio, en BogotÃ¡. Ha pasado toda una vida cultivando, preparando el suelo, sembrando sus semillas, desyerbando, fertilizando y recolectando la cosecha, enfrentando riesgos de inundaciÃ³n y de sequÃ­a, de plagas y enfermedades. En algunos casos, ha esperado largas temporadas para poder sacar su producto a la venta. Pero al final de esta cadena infinita, Jairo recibe siempre menos de una quinta parte del precio que pagÃ³ el comprador.</p>
<p style="text-align: justify;">Tantas gritas estructurales no son fÃ¡ciles de entender. Pero la anÃ©cdota definitiva, la fÃ¡bula ejemplar de su esfuerzo inÃºtil la cuenta Ã©l mismo: hace 15 dÃ­as iba subiendo a recoger una carga de maÃ­z en su mula. LlegÃ³ a la finca, amarrÃ³ a â€œLa consentidaâ€ a un tronco robusto de eucalipto. CaminÃ³ hasta el toldo donde guardaba el maÃ­z. Y en ese momento logrÃ³ escuchar los alaridos de una vecina que avanzaba por el camino destapado. Con prisa, Jairo dejÃ³ caer la carga y saliÃ³ corriendo hasta el Ã¡rbol.</p>
<p style="text-align: justify;">De repente, vio una nube compacta de abejas, como satÃ©lites, atacando a su animal; escuchÃ³ el zumbido sordo de un panal enardecido. â€œLa consentidaâ€, agonizante, pataleaba en el suelo. En medio del desespero, Jairo tratÃ³ de salvar a su animal. Pero mientras la sacudÃ­a con sus manos impacientes, las abejas cubrieron a Jairo por completo. Jairo mirÃ³ a lado y lado y, como si estuviera en un desierto, atisbÃ³ la Ãºnica salida: vio un pozo de agua y se lanzÃ³. Contuvo la respiraciÃ³n unos segundos y saliÃ³ de nuevo a la superficie con una larga bocanada como de pez que busca el aire.</p>
<p style="text-align: justify;">CorriÃ³ hasta la carretera, donde un vecino, que bajaba en carro, lo llevÃ³ hasta la clÃ­nica. En el pueblo, creyÃ³ notar que el suelo oscilaba, se hundÃ­a y se agitaba vertiginosamente. Le faltaba el oxÃ­geno y tenÃ­a el rostro inflamado (200 aguijones le sacÃ³ el mÃ©dico que lo salvÃ³). PensÃ³ que no llegarÃ­a vivo. La muerte de su consentida, de apariencia tan apacible y natural, fue la que desatÃ³ las lÃ¡grimas. â€œTodo por un bulto de maÃ­z que no sÃ© si iba a poder vender. Es que la viera, era mansiticaâ€, dice.</p>
<p style="text-align: justify;">Cuando se convive por tanto tiempo con un animal, se termina sin remedio atado a su destino. â€œYo solo sÃ© manejar mulaâ€, dice Jairo, mientras sostiene la foto de su compaÃ±era en la mano.</p>
<p style="text-align: justify;">Los viejos campesinos son los Ãºnicos estables en su enclave en torno a la tierra (la familia de Jairo es dueÃ±a de varios parcelas en Chipaque); pero reconocen que cultivar ya no da plata. A sus padres, MarÃ­a del Carmen y Luis Fernando, la vitalidad, las fuerzas ya no les alcanzan para trabajar la tierra. Y a los hijos de Jairo e Ilida, Leonardo y Alexander, es decir, el posible relevo generacional, les resulta absurda la labor del campo.</p>
<p style="text-align: justify;">â€œYo quiero estudiar comercio, salir adelanteâ€, dice Leonardo como si vivir del campo representara un retorno, una involuciÃ³n. El Ã©xodo masivo de los jÃ³venes (hoy en dÃ­a, el 51,9 por ciento de los municipios menores de 10.000 habitantes estÃ¡n perdiendo poblaciÃ³n, en su mayorÃ­a jÃ³venes en el rango de edad entre 16 y 29 aÃ±os) no da tregua. Pero, sin embargo, uno los ve de lejos y parecen satisfechos, con la cara del deber cumplido; es la estampa de vivir tantos aÃ±os en el campo: una calma que la ciudad embota con su ruido.</p>
<p style="text-align: justify;">â€œHace unos aÃ±os no habÃ­an vÃ­as de acceso, no habÃ­a cÃ³mo transportar la comida y la comida valÃ­a. Ahorita hay vÃ­as. Los carros sobran. La comida sobra. Entonces ya no vale. La comida no paga sacarla, la dejan ahÃ­ en la tierra que se pudra. Mucha comida se pierde. Yo por ejemplo, siembro de cada cosita un poquito. Cilantro, aromÃ¡ticas, papa siembro poquita y yo la llevo allÃ¡ al 20 de Julioâ€, Anota.</p>
<p style="text-align: justify;">AllÃ­, en el 20 de Julio, Jairo e Ilida tienen un puesto fijo en la zona campesina por el que pagan 40.000 pesos mensuales. AllÃ­, entre el lenguaje vivo de los placeros (â€œLÃ­chigoâ€, â€œÂ¿Tiene uÃ±a?â€, â€œMagullarâ€, â€œPuchoâ€, â€œEste es mucho MartÃ­nezâ€) venden, los fines de semana, el producto de lo que cultivan en las fincas familiares: aromÃ¡ticas, papa, maÃ­z, huevos y verduras. Sin intermediarios, Jairo trae el campo, intacto, a la ciudad.</p>
<p style="text-align: justify;">Los viernes, a las 8 de la noche, Gabriel, apodado â€˜El alacrÃ¡nâ€<img src="https://s.w.org/images/core/emoji/17.0.2/72x72/2122.png" alt="™" class="wp-smiley" style="height: 1em; max-height: 1em;" />, recoge en un camiÃ³n la carga de Jairo. Unas horas mÃ¡s tarde, a las 4 de la maÃ±ana, salen todos juntos desde Chipaque hasta la plaza 20 de Julio, en la localidad de San CristÃ³bal. A las 5:30 a.m. llegan a la plaza y a las 6 a.m. abren las puertas. Pero al final del mes, luego de trazar unas cuentas bÃ¡sicas, sus ganancias no llegan ni siquiera a un salario mÃ­nimo: 300.000 pesos al mes. Por eso se ve obligado a ceder en sus labores cotidianas.</p>
<p style="text-align: justify;">â€œYo ya no le puedo ayudar a mi marido en el campo porque con los ganamos no nos alcanza. Entonces me toca trabajar en la farmacia del pueblo, donde me gano 400.000 pesos al mes, para ayudarleâ€, dice Ilida.</p>
<p style="text-align: justify;">No hace mucho tiempo a los campesinos se les perseguÃ­a. Hoy ya no interesan. â€œCuando vamos a la ciudad nos miran raro, como si fuÃ©ramos extraterrestres. Y deberÃ­a ser todo lo contrario, porque nosotros llevamos la comida, llevamos la vidaâ€, cuenta Herney Trujillo, vecino de la familia LÃ³pez.</p>
<p style="text-align: justify;">Ser campesino, ahora, pareciera estar ligado al desamparo. La concentraciÃ³n de la tierra en pocas manos y la divisiÃ³n excesiva de la misma en minifundios pone al pequeÃ±o agricultor en una encrucijada sin salida. El transporte es el mayor recargo: el camiÃ³n cobra un promedio de 50 mil pesos por llevar todos los productos hasta BogotÃ¡ los fines de semana.</p>
<p style="text-align: justify;">En un paÃ­s en donde el 75,5 por ciento de los municipios son predominantemente rurales y donde el 31,6 por ciento de la poblaciÃ³n es campesina, el futuro agrario resulta preocupante.</p>
<p style="text-align: justify;">â€œUno trabaja como la cadena de los animalitos. Uno se come al otro. Todo son gastos. Un tinto, el cotero, el de las bolsas. Todo son gastos y el que comienza el proceso, el que lleva la comida, es el que menos tiene para comerâ€, anota Jairo con angustia.</p>
<p style="text-align: justify;">Una versiÃ³n equivocada del progreso se imagina el futuro en las vitrinas y nada sabe de la procedencia de los alimentos, del esfuerzo que implica cultivarlos, competir en una batalla perdida de antemano entre un gigante (los grandes productores) y un ser apenas visible (los pequeÃ±os agricultores). Esa misma versiÃ³n es la que no considera a los campesinos sujetos de posible desarrollo. Sino simples hombres en trÃ¡nsito: o se unen a la ciudad o desaparecen con el tiempo. Ante todo esto, muchos de ellos han optado por el silencio, casi por la resignaciÃ³n.</p>
<p style="text-align: justify;">Jairo, para concluir, se define en dos frases esenciales: â€œYo soy un hombre calladoâ€, dice. Luego hace una pausa larga mientras piensa la siguiente como si fuera la Ãºltima. â€œY pacÃ­ficoâ€.</p>
<p style="text-align: justify;">Â¿Por quÃ© huyen los jÃ³venes del campo?</p>
<p style="text-align: justify;">SegÃºn el informe â€˜Colombia ruralâ€<img src="https://s.w.org/images/core/emoji/17.0.2/72x72/2122.png" alt="™" class="wp-smiley" style="height: 1em; max-height: 1em;" /> del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), aquellos que permanecen en las tierras son, por lo general, adultos mayores (de mÃ¡s de 50 aÃ±os, en general) que difÃ­cilmente podrÃ­an valerse de la tecnologÃ­a para cambiar la realidad del campo.</p>
<p style="text-align: justify;">El documento enumera las principales razones de los jÃ³venes para abandonar el campo:</p>
<p style="text-align: justify;">Pocas oportunidades en el campo, relacionadas con la poca diversidad de actividades en el sector rural.</p>
<p style="text-align: justify;">Los bajos ingresos, escasos logros de la polÃ­tica pÃºblica y falta de institucionalidad.</p>
<p style="text-align: justify;">El conflicto armado, especialmente por el reclutamiento por parte de grupos armados ilegales y las pÃ©simas condiciones de vida en el campo.</p>
<p style="text-align: justify;">La carencia de una oferta tecnolÃ³gica adecuada a las necesidades de los productores en el sector agrario.</p>
<p style="text-align: justify;">Para mÃ¡s videos sobre campesino que cultivan lo que comemos, visite:<a href="http://www.campojusto.com/" target="_blank" rel="noopener">www.campojusto.com</a></p>
<p style="text-align: justify;">SANTIAGO GÃ“MEZ LEMA<br />
REDACTOR EL TIEMPO</p>
<p style="text-align: justify;">Nota: Agradecemos el aporte del SeÃ±or Santiago GÃ³mez por permitirnos compartir este artÃ­culo en ANeIA</p>
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