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Portada » Cajamarca: La Raíz de un Futuro que Nace de la Tierra

Cajamarca: La Raíz de un Futuro que Nace de la Tierra

Autor: Iván Cubillos, estudiante de administración, Universidad de los Andes.

febrero 22, 2026
Agricultura,ANeIA,Bienestar

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Foto: La arracacha. Recuperado de Contrapeso

En el corazón de la cordillera central de Colombia, anidado en el departamento del Tolima, el municipio de Cajamarca se ha ganado el título de «Despensa Agrícola de Colombia». Sus laderas fértiles, bañadas por ríos generosos y un clima templado, han sido durante generaciones el hogar de un tubérculo humilde pero fundamental: la arracacha. Sin embargo, la historia reciente de Cajamarca no es solo la de un cultivo, sino la de una comunidad que se vio forzada a mirar bajo su propia tierra y decidir qué tesoro valoraba más: el oro prometido por una multinacional o el agua que daba vida a su identidad.

La encrucijada llegó con el nombre de «La Colosa», un megaproyecto de la minera AngloGold Ashanti que prometía riqueza mineral a costa de la posible contaminación de sus fuentes hídricas y la transformación irreversible de su vocación agrícola. Ante esta amenaza, la comunidad de Cajamarca protagonizó una de las movilizaciones sociales más emblemáticas del país. No fue una lucha de unos pocos, sino un levantamiento colectivo que culminó en una histórica consulta popular en 2017. El resultado fue un grito rotundo y claro: más del 97% de los votantes eligieron el «NO» a la minería. Con ese acto de soberanía, Cajamarca no solo frenó un proyecto, sino que reafirmó su destino. Declararon al mundo que para ellos, el agua siempre valdría más que el oro.

Esta victoria, sin embargo, no fue un punto final, sino el punto de partida de un desafío aún mayor: demostrar que un modelo de desarrollo basado en la agricultura sostenible no solo era posible, sino próspero. La arracacha, que siempre había estado allí, se convirtió en el estandarte de esta nueva era. Pero para construir una economía resiliente, los campesinos sabían que no bastaba con sembrar y cosechar. El verdadero cambio residía en el valor agregado.

Es en este contexto que la Asociación Agropecuaria Bioorgánica de Cajamarca (ASABIO) emerge como el corazón latente de esta nueva economía. Comprendiendo las duras realidades del campo —donde un ciclo de diez meses para cultivar una hectárea de arracacha puede generar ingresos brutos de 9 millones de pesos, pero costos de hasta 3 millones solo en deshierbe—, la asociación se propuso transformar la cadena de valor. Con el apoyo crucial de aliados como la empresa Crepes & Waffles, ASABIO lideró la transición de vender un tubérculo crudo y cubierto de tierra a ofrecer un producto procesado, limpio, troceado y empacado al vacío, listo para las cocinas de las grandes cadenas de restaurantes y supermercados.

Este salto cualitativo, que hoy permite a Cajamarca exportar arracacha a Europa durante el invierno, generó un ecosistema de estabilidad y dignidad. El trabajo, en gran parte artesanal y realizado por las mujeres de la comunidad, se volvió más técnico y mejor remunerado. La demanda constante garantizó a los agricultores que su esfuerzo sería recompensado, creando un círculo virtuoso de confianza y progreso que inspiró a las nuevas generaciones a ver el campo no como un lugar del que huir, sino como un lienzo de oportunidades. El nacimiento de emprendimientos como “ArracaChips”, un snack creado por los hijos de los miembros de ASABIO, es el testimonio más sabroso de este renacimiento.

Pero para que este modelo perdurara más allá de una cosecha o una generación, era necesario sembrar sus principios en el lugar más fértil de todos: la mente de los niños. La alianza con Crepes & Waffles trascendió lo comercial para convertirse en un profundo compromiso social. Así nació la Institución Educativa La Leona, un proyecto que es mucho más que un colegio público; es el alma del nuevo Cajamarca.

Diseñado por el arquitecto Simón Hosie, el colegio es una obra de arte que dialoga con su entorno. Sus espacios abiertos, el uso de materiales sostenibles y su integración con el paisaje natural enseñan una lección antes incluso de que suene la campana: el respeto por la naturaleza es el fundamento del conocimiento. Cada aula y cada corredor están pensados para inspirar la colaboración y el amor por el territorio que sus padres defendieron.

El destino quiso que este proyecto se anclara aún más profundamente en la historia. Durante su construcción en 2020, la tierra misma reveló otro de sus tesoros: vestigios arqueológicos de comunidades prehispánicas. Lejos de ser un obstáculo, este hallazgo se convirtió en la piedra angular del proyecto educativo. Las antiguas piezas ceremoniales no fueron enviadas a un museo lejano; se quedaron allí, exhibidas en el colegio como herramientas pedagógicas vivas. Hoy, los más de 240 estudiantes de La Leona aprenden que su conexión con la tierra no empezó con sus abuelos, sino hace siglos. La defensa del territorio se convirtió, así, en la protección de una memoria ancestral.

En La Leona, la educación tiene un propósito palpable. Gracias a una alianza con el SENA, los jóvenes no solo aprenden historia y matemáticas, sino que se forman en agroindustria, adquiriendo las herramientas para innovar y fortalecer la economía de la arracacha que sostiene a sus familias. El colegio se convirtió en el nexo que une el pasado, el presente y el futuro de Cajamarca. Es el lugar donde los hijos de los agricultores de ASABIO aprenden a honrar el legado de la resistencia, no con discursos, sino con conocimiento, ciencia y proyectos que nacen de su propia tierra.

Así, en Cajamarca se ha tejido una historia circular y virtuosa. La lucha por el agua dio paso a una economía próspera basada en la arracacha. El éxito de esa economía financió y motivó una revolución educativa que protege la cultura y forma a los líderes del mañana. Y esa educación, a su vez, garantiza que la decisión de valorar el agua sobre el oro nunca sea olvidada. Cajamarca nos enseña que el desarrollo sostenible no es una utopía, sino el resultado de una comunidad organizada que supo encontrar en sus raíces —las de su gente, su historia y su arracacha— la fuerza para cultivar un futuro digno y soberano.

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