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	<title>Ejercito archivos - ANeIA | Universidad de los Andes - AGRONEGOCIOS E INDUSTRIA DE ALIMENTOS</title>
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	<description>AGRONEGOCIOS E INDUSTRIA DE ALIMENTOS</description>
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	<title>Ejercito archivos - ANeIA | Universidad de los Andes - AGRONEGOCIOS E INDUSTRIA DE ALIMENTOS</title>
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		<title>Â¡Esto se desajustÃ³, cojan otro, rÃ¡pido!</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Editor Pixelpro]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 30 Mar 2015 20:11:11 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Agricultura]]></category>
		<category><![CDATA[Campesinos]]></category>
		<category><![CDATA[Ejercito]]></category>
		<category><![CDATA[GestiÃƒÂ³n y territorio]]></category>
		<category><![CDATA[Gobierno]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>â€œDÃ­gale que el ternero se mamÃ³ y no habrÃ¡ postrera, que busque en otra parte leche caliente, la mezcle con boÃ±iga y no olvide darle una toma al niÃ±o, ese sarampiÃ³n se le pasarÃ¡; que lo cubra todo con emplastes de mata ratÃ³n; las fiebres le van a pasarâ€¦ya verÃ¡ lo pronto que se recuperaâ€¦â€</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<div style="text-align: justify;"></div>
<div style="text-align: justify;"><span id="more-565"></span></div>
<div style="text-align: justify;"></div>
<div style="text-align: justify;">HabÃ­a despertado muy pronto. Una jornada de hora y media hora, falda arriba, lo separaba del prÃ³ximo vecino, quien presumÃ­a de yerbatero y aquel que ahora le comunicaba la pilatuna del ternero. DebÃ­a regresar a dar la razÃ³n, de seguro lo enviarÃ­an donde otros moradores cercanos instalados a la orilla del rio. Lo pensÃ³ bien, decidiÃ³ vadear el camino e ir cuesta abajo, recibirÃ­a la leche requerida y pedirÃ­a en prÃ©stamo una de las mulas, asÃ­ la subida serÃ­a diferente. Ya en su albergue le aflojarÃ­a las enjalmas y esta conocedora del camino, regresarÃ­a a su dehesa.</div>
<div style="text-align: justify;"></div>
<div style="text-align: justify;">Se equivocÃ³, le comunicaron que el camiÃ³n cisterna habÃ­a arrastrado con el Ãºltimo litro; las bestias estaban cargando caÃ±a para el trapiche y misia Jesusita, la comadre de su madre, andaba en el pueblo dejando la alacena con llave, que siempre guardaba dentro de uno de sus corpiÃ±os, asÃ­ protegÃ­a el bastimento del enjambre de trabajadores hambreados que a toda hora rondaban el lugar en bÃºsqueda de queso, un trozo de carne con arepa o lo que pudiesen engullir. No hubo â€œfugoâ€, debiÃ³ conformarse con agua extraÃ­da de un filtro de barro, lo que le daba cierto saborcillo a tierra, pero de muy buena frescura. MetiÃ³ la cabeza en el tanque donde las bestias abrevaban, mojÃ³ su cabello y tomÃ³ un atajo.</div>
<div style="text-align: justify;"></div>
<div style="text-align: justify;">Caminando divisÃ³ la casa de sus querencias. Creyendo ver a su madre levantÃ³ los brazos e hizo seÃ±as de ir hasta la prÃ³xima hacienda. Desde aquel sitio se divisaban el enorme rio, los frutales adornando el paisaje y algunos vallecitos que en la noche se enruanan con nubes que al amanecer inician su lento ascenso, dejando ver un tapiz verde.</div>
<div style="text-align: justify;"></div>
<div style="text-align: justify;">Se dirigiÃ³ con paso seguro mientras entonaba una canciÃ³n, la misma que la emisora parroquial repetÃ­a cada media hora, tal vez porque el nuevo sacristÃ¡n responsable de la programaciÃ³n, optÃ³ por una vida semireligiosa, despuÃ©s de un matrimonio fracasado cuando su mujer huyÃ³ con el inspector de caminos.</div>
<div style="text-align: justify;"></div>
<div style="text-align: justify;">BuscÃ³ la carretera, de memoria conocÃ­a el trazado, no en vano desde niÃ±o habÃ­a â€œgaritiadoâ€ a los obreros contratados por los gringos, para que pico y pala pudiesen abrir trocha y permitir el paso de orugas y volquetas gigantes; hombres que rompieron camino, permitiendo la comunicaciÃ³n con el pueblo de El Encanto. LlegÃ³ hasta el puente y esperÃ³ uno de los carros que de cuando en cuando se divisaban a lo lejos, los que al pasar a su lado levantan una polvareda que muy pronto colorea sus pestaÃ±as y cabello color amarillo pÃ¡lido.</div>
<div style="text-align: justify;"></div>
<div style="text-align: justify;">Llegada la â€œchivaâ€ del recorrido, subiÃ³ a ella, pidiÃ³ se le fiara el pasaje y prometiÃ³ recompensar al chofer con guayabas y naranjas limas, de las que sirven para la presiÃ³n, repitiendo, â€œchÃºpeselas que la quitarÃ¡n los sudoresâ€œ, recomendaciÃ³n que su taita decÃ­a, cada que bajaba al pueblo cargando bultos que muy pocos compraban.</div>
<div style="text-align: justify;"></div>
<div style="text-align: justify;">Mientras el vehÃ­culo esquivaba huecos, gracias a la pericia del conductor, repasaba su vida. No fue enviado a la escuela pues debÃ­a contribuir a las actividades agrÃ­colas. Su jornada empezaba al amanecer, debÃ­a traer la vaca del potrero, colocar la banquita donde su padre unas veces y otras su madre, ordeÃ±aban el Ãºnico vacuno que poseÃ­an, mientras Ã©l largaba el ternero para la remuda, Ãºnica manera que hacÃ­a bajar la leche a la maÃ±osa madre que bien la escondÃ­a para su becerro. Ahora no tienen vaca, esta debiÃ³ venderse para comprar el ataÃºd y pagar los gastos de entierro de su abuelo materno.</div>
<div style="text-align: justify;">Recordaba su suerte y sin darse cuenta, el viejo y destartalado armatoste estaba en las puertas del cementerio, a la entrada del pueblo. Obedeciendo una orden militar, el conductor detuvo el vehÃ­culo y en tono severo dijo â€œHasta aquÃ­ llegaron algunosâ€. RÃ¡pido un soldado ingresÃ³ al automotor y con sonora voz gritÃ³: â€œlos varones afuera, que nadie se quede, papeles en la manoâ€.</div>
<div style="text-align: justify;">PalideciÃ³. Â¿QuÃ© hacia Ã©l ahÃ­, a esa hora? Â¿CÃ³mo se le ocurriÃ³ bajar al pueblo sin avisar? â€œMaldito terneroâ€ atinÃ³ a decir al pasar por el lado del chofer, quien sin entender aquel comentario, levantÃ³ los hombros invitÃ¡ndole a bajar, a no discutir ni desobedecer la orden marcial.</div>
<div style="text-align: justify;">BajÃ³ callado. Ã‰l no habÃ­a hecho nada, nada podÃ­a pasarle, reflexionÃ³. Conducido a una improvisada oficina levantada con una carpa color camuflado, escuchÃ³: Â¡Documentos! RepitiÃ³ en voz alta el uniformado. â€œDocumentosâ€. QuÃ© tÃ­tulos podÃ­a el mostrar si andaba en ropa de trabajo, raÃ­da, manchada y unas alpargatas cansadas de tanto uso.</div>
<div style="text-align: justify;">QuedÃ³ mudo. El uniformado acostumbrado a tal comportamiento dijo: â€œSÃºbase al camiÃ³n, pasa a prueba sanitariaâ€. â€œEl mÃ©dico dirÃ¡ si es idÃ³neoâ€. â€œPero es que mi papÃ¡ y mi mamÃ¡ no me dejan ir, no quiero prestar servicio, estoy muy joven para ir al cuartelâ€. â€œSi usted con ese cuerpo y estatura que tiene, se niega a cumplir con la patria, yo deberÃ­a estar con un chupÃ³n en la bocaâ€, dijo el hombre, a quien el fusil le llegaba rodilla abajo. â€œNo nos va a engaÃ±ar, esos barritos que tiene en la cara se le quitarÃ¡n con la disciplina, hasta bien vago debe de serâ€.â€œAllÃ¡ no tendrÃ¡ tiempo para cochinadas, toda la energÃ­a la dejarÃ¡ en la miliciaâ€, sentenciÃ³ su nuevo verdugo. Ya no odiaba al travieso ternero, este interlocutor le pareciÃ³ bellaco, tirano cual mÃ¡s y hasta se le antojÃ³ ahorcarlo. El juez entenderÃ­a la razÃ³n de su comportamiento. Aun asÃ­ pasÃ³ a sanidad.</div>
<div style="text-align: justify;">Lo que vio, lo dejÃ³ anonadado. Perplejo. En una palabra, asustado. Una fila compuesta por mÃ¡s de diez varones desguarnecidos, esperaba el examen de aptitud fÃ­sica. â€œEstaban viringosâ€ dijo tiempo despuÃ©s a una tÃ­a, que al escucharlo, se santiguÃ³ e invocÃ³ la clemencia divina para aquellos buenos hombres. Ã‰l nunca se habÃ­a desnudado en pÃºblico, ni siquiera quiso pelarle la nalga al puyador enviado de la botica que con jeringa en mano, debiÃ³ aplicarle una inyecciÃ³n mientras su padre y hermanos lo inmovilizaban. Aquello le pareciÃ³ una violaciÃ³n. Se resignÃ³ a su suerte. â€œApenas me pregunten la edad todo quedarÃ¡ arreglado, podrÃ© buscar la leche y volver a casa en el recorrido de la tardeâ€, fue la anticipada conclusiÃ³n.</div>
<div style="text-align: justify;">PalideciÃ³ cuando fue anunciada la presencia del Doctor. Lo que siguiÃ³ no lo hubiera imaginado nunca. El mÃ©dico resultÃ³ ser mujer. Bonita, gafas estilo gatuno y unos modales que en nada correspondÃ­an al oficio a realizar. Suave de voz, ademanes elegantes, ojos azules y boca cual manzana en flor y del mejor nÃ©ctar. Sus delicadas manos empezaron a auscultarle la cabeza, a detenerse en los Ã³rganos que allÃ­ existen. Pronto el fonendoscopio estuvo colocado en su pecho y espalda, mientras Ã©l rogaba a Dios que no le creciera aquella cosa que de noche en noche se le alborotaba. Eso no podÃ­a sucederle, lo castigarÃ­an mandÃ¡ndolo a pagar servicio muy lejos de su mamÃ¡.</div>
<div style="text-align: justify;">El olor a perfume fresco de aquella dama lo volviÃ³ loco. Tuvo que cerrar los ojos y pedirle a la patrona de todos los milagros, le apartara aquella tentaciÃ³n. SuperÃ³ la prueba inicial. La amÃ³ al instante. Ella se quedÃ³ con su castidad, prejuicio mental que mandÃ³ a la *** en ese momento y el que lo acompaÃ±arÃ­a veinte aÃ±os mÃ¡s. Aquella mujer de bata blanca le ordena abrir las piernas, debe agacharse doblando la cabeza hacia el piso y, sin rubor alguno, le agarrÃ³ los testÃ­culos. PareciÃ³ jugar con ellos apretÃ¡ndolos, los hizo charrasquear, luego los soltÃ³ diciendo: â€œAptoâ€.</div>
<div style="text-align: justify;">Su revolcado cerebro recibiÃ³ tan corta palabra, que sonÃ³ como trueno en tiempo seco. â€œMuÃ©vase, no ve que saliÃ³ aptoâ€, escuchÃ³ decir a otro soldado. â€œÂ¿QuÃ© dirÃ­a su mamÃ¡?, a la que supuso esperando la leche para mezclarla con estiÃ©rcol; â€œOjalÃ¡ sea frescaâ€ dijo Don Jacinto, aquel curandero que hablaba del mal de ojo y otras desventuras.</div>
<div style="text-align: justify;">PidiÃ³ entrevistarse con el Cabo, quien sin mirarlo dijo, â€œhableâ€. â€œEs que yo no tengo edad para el ejÃ©rcito, mi mamÃ¡ me estÃ¡ esperando en la finca con la leche para el brebaje y llevo tres horas aquÃ­â€. El suboficial, recorriÃ³ el cuerpo del mozalbete y con recio tono dijo, â€œlo necesito en el monte. Ya verÃ¡ que allÃ¡ deja de lloriquear, se volverÃ¡ hombre de verdad, rudo, muy rudoâ€.</div>
<div style="text-align: justify;">SabÃ­a que era tosco, el campo y el trajinar diario lo habÃ­an convertido en un individuo fuerte, pero ese tono le dio miedo, le atormentÃ³ tanto que muchas noches soÃ±Ã³ con la doctora de ojos azules, aquella que mancillÃ³ su inocencia.</div>
<div style="text-align: justify;">El muchacho no contaba que el chofer, viejo amigo de su padre, mandÃ³ razÃ³n. Un mototaxista reciÃ©n estrenado en el pueblo se ofreciÃ³ a llevarla. â€œQue manden la partida de bautismo, el registro civil o lo que tengan, se llevan a Cirilo para el cuartelâ€ atinÃ³ a decir el improvisado estafeta.</div>
<div style="text-align: justify;">La mamÃ¡ volÃ³, se arqueÃ³ en la moto y dijo: â€œLo saco porque lo saco o no me llamo Gertrudisâ€. Se cogiÃ³ el cabello y le dijo al conductor del vehÃ­culo, â€œllÃ©veme a toda y lo invito a frijoles con garraâ€. DebiÃ³ sonar a gloria el ofrecimiento, en un santiamÃ©n llegaron al cementerio, lo que demoraba cuarenta minutos se recorriÃ³ en veinticinco. Apenas pisaban las primeras calles cuando el vehÃ­culo militar prendÃ­a motor y lleno de conscriptos, se dirigÃ­a al cuartel.</div>
<div style="text-align: justify;">â€œAtraviÃ©sele la motoâ€ ordenÃ³. â€œSi se llevan a mi hijo se me va la vida, entonces no hay nada que cuidar en este mundoâ€. â€œTranquilo, con mis ahorritos pago los daÃ±osâ€. Lo ordenado se cumpliÃ³ no muy al pie de la letra. AcercÃ³ la motocicleta al camiÃ³n y gritÃ³ con fuerza â€œllevan un menor, se van a joder con el disciplinario que les vamos a meterâ€. Para algo le habÃ­a servido pagar servicio militar, conocÃ­a la milicia, en especial todas las debilidades de quien ostenta uniforme o porta un arma. Sus palabras sonaron como algo malÃ©fico y el camiÃ³n se detuvo. El Cabo preguntÃ³ por el menor, dudÃ³ cuando vio al mÃ¡s fortachÃ³n de sus nuevos reclutas, pues no parecÃ­a hijo de familia; hizo preguntas, revisÃ³ los documentos y luego, mirando a los soldados exclamÃ³: â€œÂ¡esto se desajustÃ³!, cojan otro, rÃ¡pido, ojala no se equivoquen o nos joden en la comandanciaâ€.</div>
<div style="text-align: justify;">Libre, Cirilo abrazÃ³ a su mamÃ¡ y una vez recuperada la tranquilidad, entre sollozos y muestras de alegrÃ­a no controlada dijo: â€œMaÂ´, vamos a buscar la lecheâ€.</div>
<div style="text-align: justify;">*Notario Primero de Pereira</div>
<div></div>
<div></div>
<div>PublicaciÃ³n original: Trujillo. J. D., 2015. «Â¡Esto se desajustÃ³, cojan otro, rÃ¡pido!». La Tarde. en <a href="http://www.latarde.com/entretenimiento/tecnologia/148244-esto-se-desajusto-cojan-otro-rapido">http://www.latarde.com/entretenimiento/tecnologia/148244-esto-se-desajusto-cojan-otro-rapido</a></div>
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